|
Comúnmente en diversas entrevistas a distintos estudios de diseño actuales se les pide que describan con todos los pormenores su proceso de diseño, y se supone que los diseñadores deberían ser capaces de explicar y definir con claridad este proceso, aduciendo alguna clase de poción mágica que permite dotar de creatividad e innovación. No es necesario decir que la gran mayoría de los diseñadores sean exitosos o noveles en la profesión, muchas veces no son capaces de describir con claridad cuáles han sido los pasos o sucesos que recorren entre el principio y final de un proyecto. “La creatividad es un proceso caótico, y aleatorio que no puede materializarse hoy en una fórmula o una serie de pasos” (Fred Flade, director creativo de “de-construct”).
Esta especie de inconsitencia con lo que muchos prácticamente en todas las escuelas de diseño conocimos como metodología y los antiguos próceres de éstas, hoy en día sumidos en la obsolescencia al no ser capaces, de imaginar lo que sería el mundo en el siglo XXI, en la lógica del proyecto y método se suele escuchar aún que si algo “tiene método” es diseño, si “no lo tiene” es otra cosa. Lo mismo respecto del proyecto: la idea central de este discurso era que un diseño no brotaba simplemente a la manera de una ocurrencia súbita, sino que era el resultado final de un laborioso proceso proyectual. El problema de tales definiciones es que, así como pueden calzar con lo que sea diseño, calzan también con cualquier otro tipo de actividad humana. Casi no hay en nuestra cultura algo que no obedezca a un proyecto o no siga algún tipo de método o no sea el resultado de un proceso.
Es el hoy con la revolución digital en la que nos encontramos inmersos y el proceso complejo de globalización, donde cualquier joven está familiarizado con la pantalla del computador, el teléfono móvil, los sitios webs, el supermercado, etc. Es decir, los dispositivos, la estética y la lógica de tener lo nuevo no están por llegar sino que están entre nosotros, mezclados con lo que siempre hubo. “La tecnología no espera a los teóricos, si no que simplemente se despliega en todo terreno que no le oponga resistencia, de un modo natural” (Diseño Salvaje, Guillermo Tejeda).
Es en este contexto de mundo fluido de ciudades y pantallas, donde el diseño no puede seguir siendo como era antes, y tampoco es esperable que opere del modo previsto por los ingenuos manuales teóricos de los años sesenta. Diseñar, es decir prefigurar la forma de las cosas y negociar con los diversos agentes para que esa intuición prospere, requiere de nuevas competencias.
Rara vez encontraremos a un diseñador en una agencia permanecer aislado tratando de abarcar con éxito todos los ángulos de un proyecto, y por ello tiende a predominar hoy el trabajo en equipo, no sólo en el interior de las oficinas especializadas en diseño, sino también en el sistema de relaciones, encargos, ejecuciones y proveedores gracias al cual lo diseñado se convierte en parte del mundo real. Más que hablar de proyectos de diseño corresponde quizá referirse a aventuras o emprendimientos de diseño, es decir a acciones cuyo final es imposible prever del todo, tal como ocurre con la actividad empresarial o los movimientos políticos. “La práctica del diseño se ha vuelto en muchos casos más modesta, renunciando a las pretensiones de asegurar el futuro” (Diseño Salvaje, Guillermo Tejeda).
Como contrapartida, ofrecen muchos diseñadores de hoy una mayor sintonía con los ritmos de la realidad: vuelve a ponerse en valor la intuición, tan denostada hace unas décadas. La intuición juega un rol determinante en todo aquello que tiene que ver con las dinámicas grupales, los trabajos en equipo, el liderazgo, los valores compartidos, es decir en lo que se suele llamar la inteligencia emocional, la capacidad de empatizar. Lejos de buscar el diseño una plataforma aséptica y al margen de toda emotividad para acometer así del modo más objetivo posible la toma de decisiones, lo que corresponde hoy es entrar a las autopistas de la realidad, buscar el equilibrio sobre un suelo que parece moverse.
Diseñar en un mundo de hoy, 2.0 menos jerarquizado los diseñadores deben abandonar la pretensión de controlar los procesos. Se trata más bien de intervenir en algunos de los filamentos innumerables de que se compone hoy la acción que los humanos ejercemos sobre el entorno, generando o modificando algún punto, acompañando durante una parte del trayecto. Entendemos las estructuras rizomáticas que plantearan Guattari y Deleuze, como redes subterráneas más que como árboles: la estructura del conocimiento y de la economía se ha descentralizado, y parece operar según patrones genéticos. “Más que nunca el trabajo necesita de socios interconectados por acciones comunes de duración no muy extensa. Requiere también de sentido del ritmo para lograr con las contrapartes aquella sintonía que tiene más la precariedad de un baile que las certezas de una marcha, y desde luego algunas nociones respecto del ambiente en que se llevan a cabo esta multitud de pequeñas guerras.” (Diseño Salvaje, Guillermo Tejeda), Paralelamente –y también es esta una condición de carácter rizomático- la multitud de terminales nerviosos de la sociedad de hoy genera y valida nuevas zonas de competencia, de lenguajes, de saberes específicos, es decir, nodos potenciales para la interacción, lo cual multiplica la posibilidad de hacer diseño a partir de especialidades diversas.
Los diseñadores o diseñadoras operan hoy en tribus. Disciplinas antes enfrentadas o distantes tienden a pisar los mismos territorios: fotografía, pintura mural, ilustración, animación, poesía, publicidad, periodismo… entran y salen de la pantalla visual que nos acompaña. Diseñadores industriales levantan sitios web, tipógrafos derivan al mundo de los espectáculos. Este cruce de disciplinas pone en jaque las estructuras académicas, pero termina validándose finalmente a través del mercado o por medio de las redes digitales. La metodología, cualquiera que ella sea, ha de adaptarse a este nuevo paisaje.
El diseño se ha vuelto una disciplina mutante, abierta, o es quizá una constelación de oficios diversos cada uno de los cuales inicia su acción allí donde acaba la tecnología, y la prolonga hasta que la cosa diseñada encuentra a su usuario. Agencia de cruce de disciplinas diversas, da a veces la sensación de abarcarlo todo, y en otras ocasiones parece quedarse sin nada. Las puertas de entrada al mundo del diseño son hoy múltiples, como son múltiples también los discursos posibles y aceptables. Poco podemos intuir de lo que en el futuro ocurrirá con un término tan ambiguo: quizá la palabra “diseño”, o la disciplina.
|